Imaginaros por un momento nuestro cerebro. Una densa gelatina arrugada en ella misma, de kilo y medio, que es la esencia de todo lo que hemos sido, somos y seremos. Un misterio en sí mismo formado por unos 170.000 millones de células, la mitad de las cuales son neuronas. Las neuronas se conectan entre ellas intercambiando información mediante un proceso que definimos cómo SINAPSIS. Para que se produzca una sinapsis es necesario segregar unas substancias llamadas Neurotransimores.  

Tenemos muchísimos y cada uno de ellos ocupa una función importante. 

Hoy quiero hablaros de dos de ellos la DOPAMINA y la SEROTONINA ya que intervienen en dos de las emociones más universales la ADICCIÓN y la FELICIDAD. 

La dopamina está implicada en un montón de funciones y regiones cerebrales tales cómo la regulación del sueño, el movimiento, procesos de aprendizaje, la toma de decisiones y la sensación de PLACER. De hecho, hay una evidencia científica aplastante sobre cómo la dopamina juega un papel crucial en las adicciones. Cuando experimentamos una acción que nos produce placer nuestro cerebro segrega Dopamina. Nos sentimos exultantes. Poderosos. La sensación la notamos físicamente en nuestro cuerpo. 

Comer, ir de compras, tener sexo, apostar, beber… Son actos que activan nuestra Dopamina. Generan excitación, euforia. 

La “pega” con este neurotransmisor es que tiene un efecto a corto plazo. Dura muy poquito esta sensación de “plenitud”. Así que tenemos tendencia a buscar y repetir las acciones que nos han hecho sentir así. Esta búsqueda, en algunas ocasiones, puede llegar a generar ADICCIÓN. De hecho muchas drogas actúan “cerrando” los receptores de Dopamina en nuestro cerebro lo que provoca que esta se quede más tiempo en nuestro cerebro y por tanto alargando por más tiempo el placer. 

La Serotonina en cambio la vinculamos a la calma y la sensación de bienestar que produce el equilibrio. Su efecto es más constante y se siente a largo plazo, por tanto no me condiciona a tener  esta necesidad “impulsiva” y adictiva de querer más y quererlo YA. Precidamente por ello, la Serotonina la asociamos a la FELICIDAD. 

Acciones cómo pasar tiempo con la gente que quieres, vincular, estar en contato con la naturaleza, la meditación, la serenidad, sentirse realizado o las acciones de voluntariado activan la segregación de este neurotransmisor. 

 

 

¿Y qué tiene que ver esto con los videojuegos? 

En 2012 el investigador aleman Ralph Talemann y su equipo, de la Universidad Charité en Berlín, presentaron sus conclusiones relativas al estudio de los efectos en el cerebro y los videojuegos. En ellas exponían cómo las reacciones cerebrales de las personas que juegan en exceso a videojuegos son similares a las que encontramos en alchólicos y adictos al cannabis.

Jugar a un videojuego permite superar obstáculos, alcanzar objetivos y retos. El cerebro a su vez segrega dopamina y por tanto sentimos PLACER. 

Pero ya hemos dicho que este placer es efímero. 

Y quiero más. 

Así que repito la acción que me ha hecho sentir así,  jugando más. 

Pero ¿cuándo hablamos de adicción? 

Jugar a videojuegos no debería ser malo. Lo que tenemos que preguntarnos es en que punto esta acción pasa a ser una prioridad o necesidad vital y sobretodo cuanto TIEMPO dedicamos a ello. 

Si finalizamos el rato de juego a los 40-60 minutos la cantidad de dopamina segregada todavía no ha llegado a “nublarnos” nuestra toma de decisiones consciente. Es decir que soy capaz de hacer una valoración 

“Me encanta estar jugando pero es mejor que pare un rato y haga otras cosas” 

Pasado este tiempo, nuestro cerebro no solo seguirá generando DOPAMINA sino que añadirá CORTISOL (responsable del estrés) y ENDORFINAS. 

Afectará a nuestra toma de decisiones y alterará nuestra voluntad de parar y iniciará el proceso adictivo. 

Con todo esto sobre la mesa deberíamos reflexionar sobre que espacio de vida ocupa el videojuego en nuestros hijos e hijas. 

Alerta si…

-La mayor parte de su tiempo libre lo pasa delante de una pantalla 

-Se dejan de hacer otras actividades para pasar el tiempo enganchado a la consola. 

-Hay reacciones agresivas cuando se pierde o ponemos fin al juego.

-Cambios de carácter e irritabilidad.

Puede que ahora estés pensando en que quizás el tiempo de videojuegos está pasado de rosca en casa. Y si es así, debes saber que hay maneras de mejorar y minimizar su uso y revertir el poder adictivo.

Eso sí, necesita de nosotros cómo padres activos. Invertir tiempo en nuestros hijos. Estar POR Y PARA ellos. Ofrezcamos alternativas de ocio, porque probablemente no estarán de muy buen humor cúando les planteemos que debemos reducir el tiempo de juego.

Y aquí es dónde se abre otro gran “melón” que es el espacio que YO cómo adulto necesito libre de niños para estar en paz y tranquilo, y para el cúal el “canguro” videojuegos cumple una función imprescindble. 

Pero eso ya, lo hablamos en otro post.